Maratones
Admiro profundamente a la gente que puede correr una maratón o una media maratón. La disciplina que hay que tener para ello, el control de la mente y todos sus vaivenes. La voluntad que hay que tener para estar horas corriendo. Lidiar minuto tras minuto, todos iguales, todos terribles en su cansancio. Qué te cuentas durante todo ese tiempo para no renunciar, para no parar, a pesar de que te tiemblen las piernas, a pesar de lo absurdo que a veces parece?
Yo no soy una de esas mentes. Y eso que hice atletismo de competición en una época de mi vida. Era buena en velocidad, en salto, en vallas… pero no en resistencia. Siempre he pensado que no puedo correr cuatro kilómetros seguidos. Después de dos, me daban ganas de vomitar. Con el tiempo pude hacer cuatro, luego seis y, finalmente, diez. La voluntad se entrena, me decían. Aun así, no soy corredora de maratones, ni de medias, ni de largas distancias. Me falta paciencia; me falta el apoyo de una mente constante, la disciplina.
Pero podría correr una maratón a base de sprints y descansos. Seguro que, para un runner, esto sería despreciable o no tendría mérito. Pero seguiría siendo una maratón, al fin y al cabo.
Casi todas las maratones de mi vida las he corrido a sprints intermitentes. Mientras la larga distancia me deprime, la distancia corta me hace brillar. Grandes ilusiones a corto plazo, para que se mantengan, para que ardan. Caídas, desilusiones también. Y, de nuevo, sprint. Otra meta. Otro esfuerzo. Otro kilómetro. Y he llegado. Tantas veces he llegado.



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