Un cuarto de azucarillo
Me dabas un cuarto de azucarillo cada día. A veces, ni eso.
Me lo administrabas metódicamente, sin ningún comentario que añadir, sin
efusión, sin más…
Los días que nos veíamos, yo me soltaba el pelo, me ponía mi vestido bonito, las sandalias amarillas, una pizca de perfume… y salía feliz a tu encuentro.
Tú me dabas el azucarillo desde la distancia de tu brazo y me sonreías incómodo.
Hubo una época en la que pensaba que esa sonrisa era por timidez, por no encontrar cómodos los gestos de amor, los besos en plena calle… Y, comprensiva, aprendí a vivir con ello.
Hubo otra época en la que me molestaba, en la que esperaba cada día que me cogieras al vuelo, que dieras vueltas conmigo en tus brazos, que gritaras ilusionado tu amor por mí…
Pero, invariablemente, me entregabas el azucarillo y te quedabas extrañado ante mi descontento, ante mis reproches y mis lágrimas…Levantabas los hombros, como diciendo: "es lo que hay".
Hubo épocas en las que me alejaba, intentando dejar atrás la soledad y el frío. Desde lejos, me enseñabas ciertos cambios, cierto cariño, como mostrándome un paraíso que quizás pudiera volver a tener. Pero al volver, pasados los días del festín, volvías a entregarme el mismo cuarto de azucarillo.
Te imaginaba en tu casa por la mañana, cómo, meticuloso, cortabas el azucarillo en cuatro y lo pesabas en la balanza de tu cocina, para no pasarte ni un milímetro de amor.
Cuando llegaba una época mala para ti, ya no me traías ni el cuarto de azucarillo, ni venías a veces.
Aplastado bajo el peso de tus frustraciones y rabias… me castigabas implícitamente. Era demasiado complicado entregar todos los días un cuarto de azucarillo, y desaparecías en el silencio.
Falta justificada por cobardía a vivir la vida.
Los días que nos veíamos, yo me soltaba el pelo, me ponía mi vestido bonito, las sandalias amarillas, una pizca de perfume… y salía feliz a tu encuentro.
Tú me dabas el azucarillo desde la distancia de tu brazo y me sonreías incómodo.
Hubo una época en la que pensaba que esa sonrisa era por timidez, por no encontrar cómodos los gestos de amor, los besos en plena calle… Y, comprensiva, aprendí a vivir con ello.
Hubo otra época en la que me molestaba, en la que esperaba cada día que me cogieras al vuelo, que dieras vueltas conmigo en tus brazos, que gritaras ilusionado tu amor por mí…
Pero, invariablemente, me entregabas el azucarillo y te quedabas extrañado ante mi descontento, ante mis reproches y mis lágrimas…Levantabas los hombros, como diciendo: "es lo que hay".
Hubo épocas en las que me alejaba, intentando dejar atrás la soledad y el frío. Desde lejos, me enseñabas ciertos cambios, cierto cariño, como mostrándome un paraíso que quizás pudiera volver a tener. Pero al volver, pasados los días del festín, volvías a entregarme el mismo cuarto de azucarillo.
Te imaginaba en tu casa por la mañana, cómo, meticuloso, cortabas el azucarillo en cuatro y lo pesabas en la balanza de tu cocina, para no pasarte ni un milímetro de amor.
Cuando llegaba una época mala para ti, ya no me traías ni el cuarto de azucarillo, ni venías a veces.
Aplastado bajo el peso de tus frustraciones y rabias… me castigabas implícitamente. Era demasiado complicado entregar todos los días un cuarto de azucarillo, y desaparecías en el silencio.
Falta justificada por cobardía a vivir la vida.



Comentarios
Publicar un comentario